Durante años me presenté como publicista.

Era correcto. Era lo que había estudiado. Era lo que figuraba en mi título.

Pero en algún momento empecé a notar algo que el título no contemplaba.

Que no alcanzaba con hacer visible una marca. Que cada aviso, cada mensaje, cada acción en cualquier medio — planificada o no — construía o destruía algo. Que la percepción que un cliente tiene de una empresa no se forma en una campaña. Se forma en la suma de todo lo que esa empresa comunica, dice, hace y deja de hacer.

Y que esa suma, si no tiene quien la cuide, se desvía.

Me di cuenta de que mi trabajo real no era producir piezas. Era ser el custodio de algo mucho más frágil: la identidad de la marca. La percepción que tanto cuesta construir y que puede desviarse con una sola acción mal pensada.

Eso no es publicidad. Es estrategia.

A partir de ahí dejé de llamarme publicista. No porque me avergüence del título — tengo 30 años de trabajo que lo respaldan. Sino porque ya no describe lo que realmente hago.

Las palabras que usamos para presentarnos también comunican. Y las mías tenían que ser más precisas.

¿Las palabras con las que presentás tu empresa describen lo que realmente hacés, o lo que alguna vez fuiste?