Uso inteligencia artificial todos los días.
La recomiendo. La considero una de las herramientas más potentes que aparecieron en mucho tiempo.
Y justamente por eso me preocupa cómo la están usando.
Hay dos reacciones extremas ante la IA que veo repetirse. La parálisis — el que no la adopta porque no la entiende o porque le da miedo lo que implica. Y la delegación total — el que asume que la herramienta reemplaza el criterio y se desentiende del proceso.
Los dos están equivocados.
La IA potencia talentos. No los reemplaza.
Le podés pedir que escriba, que analice, que genere opciones, que acelere procesos que antes llevaban horas. Todo eso es real y es valioso.
Pero no le podés pedir que entienda el negocio de tu cliente. Que detecte lo que no te están diciendo en una reunión. Que decida qué mensaje construye reputación y cuál la destruye. Que se siente frente a un dueño de empresa y lo convenza de desaprender lo que hizo durante veinte años.
Eso requiere criterio. Experiencia. Juicio humano.
La pregunta no es si usar IA o no.
La pregunta es qué tan claro tenés lo que vos aportás que la herramienta no puede aportar.
Porque si no tenés clara esa respuesta, el problema no es la tecnología.
¿Sabés exactamente qué parte de tu trabajo una IA no puede hacer por vos?